Portada web

¿Borrador de auto-ayuda queer?

 Lo que me apetecía era decir huevón de burradas sin tino, que todo el mundo comprenda, que despierten desprecio o solidaridad, identificación o vómito. Sin argumentarlas mucho tampoco, aptas para todos los públicos, sin ropajes de sabidurías importadas, recuperando el buen sentido de la gente de la calle, mi buen sentido cuando no me pongo estupendo o me da por hacer el imbécil o hablar para dármelas de sabihondo (Paco Vidarte).

Para Laura, quien me entusiasmó hace décadas a escribir sobre estos temas.

Sin ropajes de sabidurías importadas           

La última publicación de Paco Vidarte, Ética marica. Proclamas libertarias para una militancia LGTBQ, tenía un imperativo de accesibilidad a “todos los públicos”. El epígrafe da cuenta de su deliberada factura. Se trata de proclamas que quieren llegar a la “gente de la calle” y articularse a partir del “buen sentido”. Ese buen sentido es definido en la misma enunciación. Paco Vidarte deseaba despojarse de sabidurías importadas, tan al uso en las teorías sobre lo queer, quería llegar a la gente común y frecuente. No quería ponerse ni estupendo, ni imbécil, ni sabihondo. En pocas palabras, quería que todo el mundo comprendiera lo que se disponía a formular.

Hace algún tiempo me he convertido en estudiante a tiempo parcial de las teorías en general y de las queer en particular. Es mucho lo que he aprendido. Es mucho lo que sigo aprendiendo. Es más aún lo que sigo sin saber. Pero eso no impide que me inviten a hablar sobre el tema, que escriba manuales de iniciación teórica o que coordine grupos de estudio sobre teorías queer.

En dichos esfuerzos procuro emular lecciones de Freire y su insistencia en la urgencia de integrar teoría y práctica. A la vez, me topé con Paco Vidarte y su proyecto de ética marica. El mismo es un tratado radical que apuesta por la solidaridad entre todas las causas de discrimen y opresión sin paliativos. Pero en estas entradas que inicio hoy no voy a explorar, de manera directa, las implicaciones teóricas y prácticas de ese proyecto. Más bien me interesa el pretexto: la discriminación y el sufrimiento rampante y descarado que sigue su curso en la España pos la aprobación del matrimonio entre personas del mismo sexo.

Esta vez quiero, como Paco Vidarte y con suma modestia, desvestirme de las sabidurías importadas y de las argumentaciones –muy valiosas, pero tantas veces insuficientes– para explorar, indagar y ensayar modos en los que se pueda erradicar o limitar a su mínima expresión el sufrimiento cotidiano de las personas queer en Puerto Rico.

Cielos negros en El candil

Auto-ayuda o identificación solidaria

En una ocasión se me ocurrió que me hubiese sido muy útil contar con uno de esos libros de auto-ayuda que una compra hasta en los supermercados para cada una de las situaciones cotidianas en las que sufría horrores por ser queer (pata, decía entonces). Lo dialogué con un par de amigas y les encantó la idea. Me animaron a que escribiera uno y que ellas se apuntaban a comentarlo y darme ideas para completarlo. Pero, siempre había un proyecto académico urgente que se atravesaba entre ese libro y nosotras. Siempre había muchas ocupaciones y urgencias que no nos dejaban encaminar semejante tarea. Y se pasaron los años y no ha ocurrido todavía.

Sin embargo, cada día en la universidad me convenzo de lo valioso que podría ser para mucha gente contar con cierta interlocución, con cierta compañía, con ciertas experiencias ajenas que puedan iluminar las suyas. Esta entrada y las próximas serán dedicadas a ir esbozando aquella idea. No sé si terminará siendo un libro y realmente no me importa. Prefiero pensar que será un ejercicio de identificación y sensibilidad básica que le hará el sufrimiento más leve a alguien y que, mejor aún, catalizará la liberación y la lucha contra toda discriminación. Me anima que se convierta en un esfuerzo colectivo propio del espacio digital y de iniciativas como Cruce para, entre muchxs, compartir cómo podemos vivir, existir y actuar plena y dignamente como sujetos queer en este archipiélago caribeño.

El principio de los libros de auto-ayuda puede causarme profunda sospecha por su comodificación del crecimiento humano atípico que es el más usual de todos. También pueden ser tremendamente abrumadores porque cargan la responsabilidad mayor en los sujetos que acuden a ellos en busca de soluciones y respuestas. Claro que somos responsables de nosotrxs mismxs. Claro que tenemos que hacernos cargo de nuestra persona, pero no vivimos en el vacío. Somos entes sociales e institucionales y todas esas esferas y sus vericuetos son responsables de mucho también.

No obstante, los libros de auto-ayuda tienen su “encanto” y logran aciertos ineludibles. La gente, mucha gente, los compra y los devora. Si no, pregúntenle a lxs que se enriquecen con sus publicaciones de esta hechura. Tienen su gancho, dirían lxs publicistas. Confieso que no he leído demasiados precisamente por las reservas señaladas, pero uno que otro ha caído a mis manos. De hecho, uno de los primeros libros que compré con mi dinero en la Librería Universitas fue el famoso, Tus zonas erróneas de Wayne W. Dyer. Debo reconocer que me atrapó. Su lenguaje era accesible. Partía del testimonio, de la experiencia, y eso me hacía sentir en terreno seguro, y tocaba asuntos que no podía hablar con mucha gente. Un poco así será este proyecto que inicio con ustedes hoy.

“Yo la quería”

Cuando era niña disfrutaba mucho de jugar a las maestras y de inventarme historias que luego representaba con mis primas. “Yo la quería” fue una de mis historias más célebres. En esa, como en todas, yo creaba conflictos y relaciones amorosas, pero todas las participantes del juego éramos actrices. En las pocas ocasiones en que había algún primo, yo no cambiaba la distribución de papeles y siempre asumía el rol de un varón. Alguna vez, si mi abuela nos cogía simulando un beso en la boca, nos regañaba y yo no entendía muy bien el porqué. Ahora comprendo un poco por qué aquellos juegos de nuestra infancia le resultaban tan problemáticos.

Pero para mí fueron un salvoconducto invaluable. Con la excepción del personaje de Farina, en los Pequeños traviesos, no contaba con ningún personaje que exhibiera cierta ambigüedad sexual. También fui descubriendo, poco a poco, mi indudable atracción hacia las mujeres.

Las personas queer no contamos con una multiplicidad de representaciones con las que nos podamos identificar desde nuestra infancia para ir forjando nuestros usos y costumbres amorosas. Ese ha sido uno de los silencios más difíciles. Esa es una de las invisibilidades más desconcertante. ¿Por qué no hay gente como yo en los juegos infantiles, en los muñequitos o en los programas de televisión? Y si lxs hay, ¿por qué son siempre el objeto de burla y rechazo? ¿Cómo lidiar con semejantes ausencias o indignidades?

Pues como suele hacerse desde antes de la historia, y como lo ha hecho la literatura a través del tiempo magistralmente: con la imaginación. Todxs debemos convertirnos en productorxs de nuestras imágenes, de nuestros deseos, de nuestras preguntas. Si nuestras madres, padres o encargadxs desean cultivar una crianza diversa, queer y digna, deben asegurarse de romper con el binario hombre-mujer y con tantos otros binarios difíciles de sostener.

“Yo la quería” fue mi modo de hacerlo, pero no es el único y tampoco fue una panacea en todos los sentidos. Pese a mis invenciones de la infancia, fue tremendamente doloroso entender y aceptar por qué no me sentía atraída hacia los nenes, sino hacia las nenas. “Yo la quería,” pero ¿como vivirlo cada día? Ese fue uno de mis principales dilemas por muchos años.

 

Advertisements