Turing cree que las máquinas piensan.

Turing yace con hombres.

Luego las máquinas no piensan.

(En carta de Alan Turing a Norman Routledge)

 

A Alan, por supuesto.

A mi hermana, primera ingeniera de computadoras de mi vida.

 

Conocí a Alan López García hace cinco años. Participábamos en un grupo de estudio organizado por el Colectivo Queer Sin Nombre para tertuliar sobre la Ética marica de Paco Vidarte. Alan acababa de llegar al Colegio para completar su bachillerato en Ingeniería de Computadoras. Alan no estaba contento en el Colegio de los duros. Alan había tenido dos periplos universitarios previos: en Humacao y en Río Piedras. Alan había vivido la huelga estudiantil de 2010 en los portones de Río Piedras y anhelaba su mariposeo por clases de ciencias sociales y humanidades. Alan era un computer wizard con una formación amplia en teorías críticas y en el arte de hacer preguntas. Alan estaba triste ese primer semestre en el Colegio. Pero, ese junte en torno a la ética marica de Paco, lo pompeó. Nos pompeó. Nos inspiró un gozo pato.

Desde entonces no hemos dejado de conspirar por la justicia. Alan no pierde oportunidad para enseñarme cuán bien teclean, piensan y crean sus uñas pintadas. Sí, Alan se pinta las uñas con brillantes colores. Alan diseña programas, bases de datos y hace magia con una computadora y sus uñas pintadas. Alan saca a pasear su patería todos los días, con desenfado, con desafío, sin excusarse ni pedirle permiso a nadie. Alan me ha enseñado en la práctica que las construcciones del género se combaten con la performatividad rebelde sin pausa y sin concesiones. Alan había transformado ante mis ojos –y lxs de muchxs– una carrera asociada con macharranería en un campo variopinto y diverso, en una esfera de gozo pato.Alan

Hace apenas unas semanas conocí a otro Alan gracias a la película The Imitation Game. Sí, gracias a la película me enteré que uno de los creadores de las computadoras que hoy tanto nos cautivan se llamaba Alan Turing. Había sido un genio. Había sido un héroe. Había sido homosexual. Precisamente por tener prácticas homosexuales fue encausado y condenado en el Londres de mediados de siglo XX. Justamente, por lo mismo tuvo que escoger entre la cárcel o un tratamiento hormonal que apagaba su libido. Escogió la segunda cárcel. Esa que atacaba al cuerpo homosexual con saña con el fin de apagar su deseo, su proclividad, su potencialidad para completar el acto prohibido por un sistema judicial injusto. Alan Turing murió apenas dos años después de iniciar la tortura que acabaría con su gozo pato. Alan Turing se envenenó –o lo envenenaron pues su muerte no ha sido esclarecida del todo– con cianuro, como tantxs rarxs de la historia. El gozo pato de Alan Turing también se apagó.

El juego de la imitación heteronormativa mató a Alan Turing. El reto de Alan López García al mismo juego lo libera del oprobio a diario.

El gozo pato es una apuesta por la existencia, la integridad y la dignidad plenas. Es una fiesta contra las fobias de toda ralea. El gozo pato tritura prejuicios, apaga exclusiones y silencia discriminaciones. El gozo pato incomoda con sus uñas pintadas, con su pluma al aire, con su desparpajo. Qué bueno que es así.

Gracias Alan, por hacerle justicia a Alan en más de un sentido. Gracias por tu gozo pato. Nos libera, un poco, a todxs, incluso a Alan.

Advertisements