Sin altares, sin discursos, sin rituales, por favor.

Laura Náter

A Simón, el perro en duelo por Laura.

 

Laura mía

Sin altares

Tuvo esa gracia rara de conciliar una personalidad contundente, protagónica –que jamás pasaba inadvertida– con una voluntad expresa por no robar cámara, por no andar en simulacros de divato, por no convertirse en una diosa queer en busca de altar. Laura fue renuente y beligerante contra la construcción de altares al pasado y al presente. Esa mirada rebelde frente a las hagiografías, marcó su guerrera narración histórica. Lxs autonomistas y su encumbrado proyecto fueron ese primer ensayo contra los altares patrios. Pero, hubo más. Muchos más.

Para celebrar esa vida digna, plena y generosa, muy a mi pesar, resistiré el riesgo de hacerle altares a Laura. Reconozco, humildemente, que me cuesta horrores porque a ratos pienso que de ese modo podría extender ese punto de su vida en mi memoria, esa imagen serena, caminando de espaldas a todo lo normativo, como una marea que resiste las prisas y las lógicas de esta vida disciplinada por el capital y la hetero/homo/regla. Confieso que tendría tantas formas y justificaciones para convertirla en esa diosa queer que nunca quiso ser.

Diré tan solo: Laura es irremplazable.

Sin discursos

A Laura le encantaba discursar, montarse en tribuna, ser esa magnífica interlocutora que hablaba de casi todo. Su registro de temas para la buena conversación parecía inagotable. Dominaba con maestría las artes del diálogo. En rigor, no puedo pensar en ningún asunto que le resultara trivial para elaborar una enjundiosa disquisición o para apalabrar una diatriba certera. Las calles, los estacionamientos, la persona maltratada de la esquina, lxs curruptxs de turno, el tinglado de las farmacéuticas, la universidad que tanto amó, su perro queer, Simón… y tanto más. Sin embargo, solicitó expresamente que no se hilvanaran discursos sobre ella cuando muriera. Así de raro, así de inexplicable. Laura era así. Laura era muy Laura para citar a Mabel.

Para celebrar esa vida deliciosamente rara, muy a mi pesar, resistiré el riesgo de hacerle discursos a Laura. Ojalá y este texto no parezca un discurso porque de ser así le habré faltado una vez más. En caso de que se me encuentre en falta, tengo evidencias de que Laura sabría excusarme.

Diré tan solo: Laura es irrepetible.

Sin rituales

Fue combativa con las religiones institucionales. Mas fui testigo de su extrema sensibilidad para sostener una conversación compasiva, respetuosa y cariñosa –y no por ello, menos coherente– con una vieja muy religiosa que le citaba textos bíblicos para rebatirle un punto. Se sabía la biblia y la teología que venía a cuento mejor que la señora. Se la echó al bolsillo como por arte de magia. Al final parecían más afines que nunca. Mi amiga atea era capaz de eso y más. Pero, las prácticas espirituales al estilo “new age” le resultaban insufribles. Para con estas no tenía contemplación alguna. Era implacable. Sospecho que de ahí, su petición expresa de que no hubiera rituales.

Laura, yo tan proclive a los rituales, te complaceré todo lo que me sea posible. No prometo demasiado. Pero, lo intentaré. En nombre de esa virtud atea que tan bien llevaste en cada acción, prometo contenerme.

Diré tan solo: Laura es imprescindible.

(Debes saber, Laura, que desde tu muerte no había podido entrar a este espacio. Hoy vuelvo a este proyecto contigo en mente, extrañándote sin consuelo, pero aquí.)

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